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El guardián entre el centeno
El guardián entre el centeno
de J.D. Salinger

La gorra de caza roja de Holden

La primera vez que leímos El Guardián entre el Centeno, nos dimos cuenta de que esta gorra roja aparecía continuamente, pero en realidad, no supimos que hacer con ella. De hecho, al principio parecía un poco ridícula. Después de todo, Holden acaba de reprender al Sr. Spencer por ser el tipo de viejo que “se la pasa de lo mejor comprándose una manta” para que un par de capítulos después, admitira que él mismo “se la pasa de lo mejor con su gorra”. Al menos a este nivel, la gorra nos dice que Holden tiene las mismas características que él juzga en los demás. Pero en realidad, esto no es nada nuevo para nosotros. Hay algo más con la gorra.

Después tuvimos que ver ciertas partes de la historia claves, comenzando por la primera vez que apareció la gorra. Holden nos dice (hacia el comienzo del capítulo tres) que compró la gorra en Nueva York aquella mañana después de dejar el equipo de esgrima en el metro y haber molestado al equipo completo. Así que ya conocemos sus sentimientos particularmente vulnerables en ese momento, aunque Holden jamás admitiría tal estado de vulnerabilidad.

Fijémonos en Holden cuando usa la gorra y cuando no la usa. Se la pone en momentos importantes: escribiendo el ensayo acerca del guante de béisbol de Allie, cuando se mira en el espejo y pretende ser rudo, después de que Stradlater lo golpea, gritando “¡que duerman bien, imbéciles!” por el corredor, etc. Se lo quita cuando está en el tren, yendo a un bar, en los lobbies de los hoteles. Inclusive vemos algo relacionado con esto al comienzo del capítulo tres (“Agarré mi gorra de caza roja […] y me la puse; no me importaba un comino cómo me veía.”), al final del capítulo 16 (“Miré mi vieja gorra de caza […] y me la puse. Sabía que no conocería a nadie que me conociera”), y al comienzo del capítulo 21 (“Ya me había quitado mi gorra de caza para no parecer sospechoso”).
Pero a pesar de su vergüenza, la gorra de caza se convierte en una parte importante de la forma en que Holden se ve a sí mismo. Admite su “cursilería” (de la gorra), pero a él personalmente (como lo repite un par de veces en el libro) le gustaba. Es una gorra para dispararle a la gente, dice. Cuando la usa, puede ser tan rudo y único como quiera. Por eso es que arma un alboroto cuando Phoebe se la pone (a él) al final de la novela; no sólo lo apoya, sino que le demuestra que lo quiere tal cual como es, con gorra ridícula y todo.

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