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Sin novedad en el frente

Sin novedad en el frente

de

Erich Maria Remarque

Resumen de Sin novedad en el frente

Cómo se desenvuelve la historia

La novela comienza detrás del frente occidental alemán en la Primera Guerra Mundial en el verano de 1916. Paul, Tjaden, Müller, Albert y otros soldados están comiendo. Si bien todos se ofrecieron como voluntarios para combatir en la guerra, empiezan a preguntarse si los maestros que los instaron a enrolarse en verdad serán tan sabios como pensaban.

Hoy las provisiones alimenticias sobran porque el cocinero preparó comida para 150 hombres, pero solamente 80 volvieron de la batalla. Paul y sus amigos van al hospital a visitar a otro amigo que está internado; en el hospital se percibe un aire de inoperancia y poca compasión por los heridos.

El narrador nos da un poco de contexto y destaca distintos personajes. Kat, de 40 años, es el líder respetado del grupo, a quien Paul admira por su practicidad y sus corazonadas. Lo contrasta con Himmelstoss, un ex cartero totalmente incompetente pero que ha tomado gustoso cada gota de poder que le dio su rango militar.

Paul vuelve a visitar a Kemmerich, el que está en el hospital, y lo ve morir. Los camilleros sacan el cuerpo rápidamente para poner a otro en la camilla, y otro amigo de Paul, Müller, se queda con las botas Kemmerich, que todos querían.

Luego llegan unos refuerzos relativamente jóvenes para una nueva operación: instalar un cerco de alambre para protegerse del avance del enemigo, las tropas británicas y estadounidenses. Los hombres comen bien antes de la misión y charlan sobre lo irónico de su situación: los poderosos son unos imbéciles; no se puede confiar en los maestros; la disciplina en el campamento militar carece de lógica alguna.

Himmelstoss los aborda y los mandonea y el grupo espera para cobrárselas hasta una noche en la que Himmelstoss sale borracho de un bar. Lo agarran, le sacan todo, lo sostienen contra el suelo y literalmente le azotan el trasero con una vara. Se sienten una "juventud heroica". Y las rayas que ahora decoran el trasero desnudo de Himmelstoss son reflejo de las infinitas rayas del atuendo militar, que supuestamente representan rango y respeto.

Las tropas se lanzan al frente para cumplir con la misión que les asignaron de cercar con alambre de púas. Es como si los ruidosos jeeps, las armas ensordecedoras, el humo, los cráteres formados por bombas y los gases venenosos estuvieran a apenas unos centímetros de ellos. Por la noche los bombardean con obuses cuando corren para estirar el alambre—está claro que están a la defensiva, con la mera esperanza de retrasar la victoria de los aliados (los británicos, los franceses, los rusos y los estadounidenses).

La novena tropa termina de poner el cerco, pero al regresar la atacan con todo: se enfrenta al fuego, los gases y la oscuridad. Irónicamente, los hombres se refugian en una sepultura, donde sacan los cadáveres de los ataúdes para esconderse.

Una vez que regresan al campamento base, Paul y sus amigos comen, fuman y fantasean con todo lo que no tienen. Himmelstoss vuelve para mandonearlos: la batalla reciente fue su primera experiencia en el frente y él aprendió a depender menos del poder de las rayas que lleva en el uniforme.

Aun así les pone presión, pero le faltan el respeto y se va hecho una furia. Los hombres hacen un repaso de las bajas y condenan la aplicación de las normas de la jerarquía militar en el frente, donde simplemente se siguen otras normas. Son llevados ante un juez de la base, quien toma nota de la conducta cruel pero de gravedad menor que tuvieron para con Himmelstoss y los deja irse sin más por haberle faltado el respeto. Para festejar, cazan un ganso silvestre y lo cocinan.

Mientras los hombres se preparan para una arremetida ofensiva por parte del enemigo, se les acercan unas ratas, que ellos matan de formas creativas. Luego sufren otro bombardeo nocturno, que lleva a los reclutas más jóvenes a realizar actos descabellados y suicidas. Después viene el combate mano a mano. En medio del terror y la violencia, Paul se da cuenta de que él y sus camaradas se están volviendo unas bestias salvajes. En el silencio de la noche escuchan los sonidos de decenas de hombres que mueren entre los arbustos, sin que nadie los pueda rescatar.

Los hombres se recuperan detrás del frente, lejos de todo, y relatan las bajas y el terror de la batalla. En medio del descanso, conocen a unas mujeres francesas que quieren el pan y las salchichas que les ofrecen. Paul y sus amigos cruzan el río nadando desnudos para encontrarse con las mujeres e intercambian pan por su compañía.

A Paul le dan una licencia de dos semanas, así que regresa a su casa para ver a su madre, que está enferma de cáncer, y a su padre, un hombre insensible que lo espera ansioso para que le cuente de las batallas. Paul se siente alienado al darse cuenta de que nadie que no haya estado en el frente puede entender por lo que pasó. Durante la estadía en su casa se retrae aún más.

Cuando vuelve a estar de servicio, va a visitar a la madre del difunto Kemmerich, a quien le miente para convencerla de que su hijo, que padeció un largo rato antes de fallecer, murió de forma instantánea. También va a ver a su maestro, Kantorek, que fue el que convenció a él y a sus amigos para que se enrolaran en la guerra, y le manifiesta su enojo por haberles pintado un cuadro falso de la guerra como modo honorable de defender a la patria.

Tras volver al frente, Paul se arrepiente de haber ido a su pueblo esas dos semanas.

Luego es enviado a un campamento de entrenamiento especial que está al lado de un campo de presos de guerra. Desafortunado como se sentía por la falta de recursos, ahora se siente rico en comparación con los prisioneros, más que nada rusos, que le ruegan que les dé sus restos de comida. Él les convida un poco de los buñuelos que su mamá le preparó.

Lo mandan de nuevo al frente a vigilar una escuela que fue bombardeada, como parte de los preparativos para entrar a Rusia. En el viaje lo acosan imágenes violentas: cuerpos desnudos de soldados a quienes literalmente les volaron la ropa de un disparo, cadáveres decapitados, miembros humanos sueltos… A Paul y a los otros los bombardean con obuses durante todo el camino, y los hombres se esconden en los hoyos formados por bombardeos anteriores para protegerse.

El frente se ha dado vuelta; de hecho, se da vuelta sobre Paul, cuando los soldados enemigos lo pasan por encima, pisoteándolo. Tras ser sorprendido por uno de ellos, un soldado francés, Paul lo mata por instinto, pero luego espera a su lado mientras muere lentamente, casi pidiéndole perdón. Le revisa la billetera y encuentra las fotos de su familia, a quien promete escribirle.

Luego envían al grupo a vigilar un pueblo abandonado. Los soldados presumen que se van a morir de aburrimiento. Encuentran unos cerditos, los matan y se los comen—pero les da diarrea. Los mandan a evacuar el pueblo, donde ven a familias rusas que huyen, pasándoles por al lado, en silencio y cabizbajas. En el camino, Paul y los otros soldados son bombardeados y muchos de ellos resultan heridos.

Terminan en un hospital católico, temerosos de que los cirujanos los traten como si fueran experimentos científicos. La mayoría de las enfermeras/monjas son como robots; hay una que es amable. Paul tiene un yeso en la pierna y exige el derecho de orinar en privado. Por la mañana, los hombres se despiertan con la bulla de los rezos, así que arrojan una botella para que las monjas cierren la puerta y los dejen dormir.

Uno de los amigos de Paul, Albert, es llevado a la habitación de la muerte, de donde nadie regresa. Paul se repone de a poquito y ya puede caminar… así que lo mandan de vuelta al frente.

La escasez de recursos es peor que nunca, los hombres están cansados y la moral, por el piso; todo esto lleva a Paul a filosofar aún más sobre su decaimiento en varios sentidos: reflexiona sobre la juventud, sobre la esperanza, sobre el orden, sobre el espíritu, sobre la confianza. Un soldado de nombre Detering deserta pero lo capturan. Berger intenta sacrificar un perro herido pero le disparan, al igual que a uno de los hombres que lo transporta. A Müller le disparan a quemarropa. El resto de los hombres se están muriendo de hambre.

Luego le disparan a Kat en la pierna. Paul se lo carga en la espalda y lo transporta durante kilómetros para luego darse cuenta de que le han vuelto a disparar mientras lo transportaba, pero esta vez en la cabeza, así que también está muerto. A estas alturas, Paul es el único sobreviviente de este grupo de amigos.

Luego, en un día de octubre de 1918 que un comunicado oficial informa como tranquilo y sin novedad, muere Paul. "Su rostro tenía una expresión tan serena que parecía estar contento de haber terminado así". (12.12)

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