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Resumen de Todo se desmorona

Okonkwo es un líder respetado de la tribu Umuofia, perteneciente al pueblo Igbo; sin embargo, vive acechado por el miedo de parecerse a su padre, un hombre conocido por su pereza y cobardía. Por eso, Okonkwo se esmera durante toda su vida por ser el extremo opuesto de su padre: ya desde joven construye su hogar y su reputación como luchador precoz y agricultor sumamente trabajador. Y sus esfuerzos sí que le valen la pena, pues se vuelve bien rico gracias a sus cosechas y se gana nada menos que tres esposas.

Pero la vida le da un sacudón tras una muerte accidental, después de la cual Okonkwo termina adoptando a un niño de otro pueblo. El niño se llama Ikemefuna y Okonkwo llega a quererlo como a su propio hijo; de hecho, lo quiere más que a su hijo biológico, Nwoye. A los tres años, la tribu decide que Ikemefuna debe morir. Y cuando los hombres Umuofia se lo llevan al bosque y lo asesinan, Okonkwo hasta participa del asesinato, sin mostrar ni la más mínima emoción, pues quiere que lo vean como un macho man y no como al debilucho que era su padre. Sin embargo, la procesión va por dentro: Okonkwo siente una culpa y un remordimiento dolorosísimos en su interior. Pero como está tan obsesionado en mostrarse duro e inmutable, se aliena de Nwoye, que era como un hermano para Ikemefuna.

Más tarde, Okonkwo mata a un chico de un disparo sin querer durante un funeral. El pueblo lo exilia durante siete años a la tierra natal de su madre, Mbanta, por este crimen. Una vez allí, se entera de la llegada de los misioneros blancos, que marcará el principio del fin del pueblo Igbo. Los misioneros traen el cristianismo y se ganan la confianza de los marginados de este pueblo, que pasan a ser los primeros conversos. A medida que la religión cristiana adquiere adeptos, el número de Igbos que se convierten a ella va en aumento. Justo cuando Okonkwo cumple la condena de siete años y le permiten regresar a su pueblo, su hijo Nwoye se hace cristiano también. La indignación de Okonkwo es tal que lo deshereda.

Al fin y al cabo, los Igbo intentan hablar con los misioneros, pero los cristianos capturan a los líderes de la tribu y los meten presos durante varios días, hasta que los Igbo logran juntar una plata para el rescate. Los Igbo consideran la posibilidad de vengarse, así que se reúnen en una asamblea para ir a la guerra, en la cual Okonkwo es uno de los principales proponentes de atacar con una ofensiva. En medio de la asamblea llega un mensajero de los misioneros y les dice que suspendan la reunión. Enfurecido, Okonkwo lo mata. Pero luego cae en la cuenta de que su clan no le hará la guerra a los blancos, así que, orgulloso y desolado, se ahorca.

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